La Madre de Dios Trijerusa (o de las tres manos) Ver más grande

La Madre de Dios Trijerusa (o de las tres manos)

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El origen de este icono se remonta al s. VIII, en tiempo de los iconoclastas, y está ligado a un episodio de la vida de San Juan Damasceno.
En este tiempo, León el Isáurico, emperador de Oriente, se levantó contra la Iglesia y destruyó los santos iconos, persiguiendo cruelmente a quienes los veneraban.

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Oyendo esto, San Juan Damasceno, primer consejero del califa de Damasco, se armó con la palabra de Dios y escribió «en defensa de los santos iconos», obras que envió a los ortodoxos que conocía. Estas obras circulaban por todas partes, copiadas por los fieles, y afirmando a los ortodoxos en la verdadera fe, denunciando los argumentos de los herejes.
El emperador León, no pudiendo soportarlo, envió a sus hombres tras la búsqueda minuciosa de un manuscrito escrito por el propio San Juan. Encontrado el manuscrito, el emperador lo entregó a sus escribas para que aprendieran a imitar fielmente la escritura de San Juan. Cuando lo consiguieron, les mandó escribir una carta al califa de Damasco en la que -firmado falsamente por San Juan- se decía: «... Tú, oh gran emperador cristiano, sabes que la ciudad de Damasco, que está en poder de los sarracenos, sólo tiene una guarnición débil y está muy mal defendida. Ten piedad de esta ciudad y envía tu ejército para que se apodere de ella. Yo te ayudaré a conseguirlo, porque la ciudad y todo el país están bajo mi poder».
Habiendo firmado Constantinopla un tratado de paz con los sarracenos, el emperador escribió de su puño y letra a su príncipe: «... Sólo deseo permanecer en paz contigo, según lo convenido. Pero un cristiano que habita en tu país, no cesa de escribirme para incitarme a tomar Damasco, prometiéndome su ayuda. Te envío una de sus cartas para que puedas ver mi lealtad, encontrar al traidor y ejecutarlo».
León el Isáurico envió dos cartas a Damasco. El príncipe sarraceno, después de haberlas leído, llamó a Juan y se las mostró. Este, reconoció que la escritura se parecía mucho a la suya, «pero -dijo- mi mano no ha escrito esto. Jamás serviré a mi príncipe engañosamente».
Juan comprendió inmediatamente que se trataba de una astucia del emperador León; pero el príncipe, víctima de la cólera, ordenó cortar la mano derecha a Juan en la plaza pública y éste, perdiendo mucha sangre, fue llevado a su casa, quedando la mano derecha abandonada en la plaza.
Por la tarde, pensando que la cólera del príncipe se habría calmado, San Juan envió a alguien para que le pidiera la mano. Esta le fue entregada. San Juan la tomó, fue al lugar donde acostumbraba a orar y se postró ante el icono de la Madre de Dios que lleva a su hijo en brazos. Puso la mano en su lugar y se puso a orar desde lo más profundo de su alma: «Soberana, muy pura y Madre de mi Dios, Tú sabes que esta mano ha sido cortada a causa de los santos iconos; la Derecha del Señor que tu has engendrado puede hacer un milagro y esta mano derecha humana escribirá alabanzas a Dios y escritos que ayudarán a la fe ortodoxa». Después de esta oración, San Juan se durmió y, en su sueño, continmuaba viendo este mismo icono de la Madre de Dios que lo miraba con bondad diciéndole: «Tu mano ya está curada; trabaja celosamente como me has prometido».
Cuando San Juan se levantó constató que su mano derecha estaba en su lugar. Levantándose se puso a cantar y a glorificar a Dios, prometiendo luchar contra la herejía.
Toda la gente de su casa se regocijaba con él y lkos vecinos, oyendo los cantos y las risas, acudieron a ver lo que sucedía, quedando maravillados.
Cuando el príncipe sarraceno tuvo conocimiento de ello, llamó a San Juan para que le mostrara su mano. Alrededor de la muñeca sólo quedaba una fina cicatriz roja. «¿Qué médico te ha curado de esta manera?», preguntó el príncipe. «Mi médico todopoderoso, por la intercesión de su Madre muy pura», respondió San Juan sin pretender ocultar el milagro. «El ha visto que tu sentencia era injusta». El príncipe le pidió perdón y le restituyó en su dignidad de primer consejero, pero San Juan rehusó dirigiendo sus pasos hacia el Monasterio de San Sabas, cerca de Jerusalén.
En el s. XIII el higúmeno del Monasterio de San Sabas regaló el icono de la Madre de Dios «de las tres manos» al metropolita de Serbia, siendo trasladado al Monte Athos -cuando los turcos ocuparon Serbia- donde permanece hasta hoy en la Laura de Kilandari.

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La Madre de Dios Trijerusa (o de las tres manos)

La Madre de Dios Trijerusa (o de las tres manos)

El origen de este icono se remonta al s. VIII, en tiempo de los iconoclastas, y está ligado a un episodio de la vida de San Juan Damasceno.
En este tiempo, León el Isáurico, emperador de Oriente, se levantó contra la Iglesia y destruyó los santos iconos, persiguiendo cruelmente a quienes los veneraban.